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Ufología personal


J. Allen Hynek Quién esto escribe no es un ufólogo profesional, aunque tampoco sería desagradable poder cobrar por investigar y escribir sobre el fenómeno O.V.N.I., pero por ahora mejor presentarse como ovnílogo amateur.
La afición tiene varias etapas, intentaré ser sintético: a principios de los años 80, en una zona rural del centro de Argentina, siendo adolescente, tiene lugar un encuentro con un extraño personaje aparecido y desaparecido de la nada, o casi. Ninguna de las personas que se lo encontraron pudieron ver de donde venía ni en que momento se esfumó entre unas piedras. El personaje no hablaba, solo emitía sonidos guturales, vestía un extraño mono verdoso y su pelo y barba blancos estaban rapados a la dos. El encuentro comienza a hacerse legendario a través del tiempo, ya que las charlas sobre el tema traen detalles y al contar a otras personas se suman opiniones que renuevan el cuadro: como un par de testigos vieron a un perro negro antes del hombre, y luego solo el hombre sin perro y después ni el uno ni el otro, un lugareño sugirió que podría tratarse del Diablo, quien se aparece en forma de perro negro grande. Otros hablaban de un viejo brujo que habitaba una solitaria choza detrás de un monte misterioso. El testigo que habló con el extraño dijo que no podía tratarse del Diablo, ya que creyó entender que el aparecido le pidió pan, cosa que ningún demonio haría, según su saber popular, pero cuando regresó con una tira de francés, nadie estaba en aquel lugar.
Carl Sagan Yo pensé que la del Diablo era una buena explicación, hasta que puse atención a alguna descripción de un extraterrestre que oí o leí y que resultó ser similar a la de este señor, sobretodo por que ambas coincidían en los rasgos árabes u orientales del sujeto. Era además una época en que se hablaba de la alineación de los planetas, aún en un viejo televisor blanco y negro era un deleite ver el Cosmos de Carl Sagan y mucho más las aventuras de la astronave de combate, Galáctica.
El pasaje de lo rural a lo urbano no fue agradable, salvo porque un par de años después, en una vieja biblioteca de barrio apareció un cartel anunciando un curso de ovnilogía, en donde una media docena de adolescentes conformaron una nueva generación, la actual, de ufólogos de provincias.
Todo muy bonito, pero con 15 años ya me daba cuenta que todo giraba en torno a percepciones de testigos, casi nunca sobre algo tangible, y las “pruebas” como huellas, fotos, sonidos y películas, eran siempre de mala calidad o dudosas en el sentido que tanto podía verse un objeto no identificado como atribuirle identidad con una o más cosas conocidas pero sin seguridad. Es decir, la extrañeza de avistar algo que vuela sin alas, hace que puedan atribuírsele tantas explicaciones como testigos haya.

Hasta que ví, por fin, mi propio OVNI, y no una, sino dos veces el mismo objeto. Hasta entonces, tímidamente, y más por la fuerza del gremio, adhería a la HET. Durante horas veía el cielo nocturno en busca de algún movimiento y así aprendí a ver aves, satélites, objetos que lleva el viento, aviones, constelaciones, etc. Hasta llevaba un registro de cada cosa vista, tratando de encontrar algún patrón o la anomalía. Todo eso acabó la madrugada en que en una calle solitaria, bajo un farol en la mitad de la cuadra, alguien me vio a mí. Arrancó cuando veo acercarse un avión iluminado, pero… enseguida la extrañeza me dijo que no era el rumbo habitual de los vuelos, que estaba demasiado luminoso y que el ángulo era incorrecto porque ¡se me venía encima!
Avistaje ovni Pasó lentamente, sin un solo ruido (esa es la sensación más estremecedora del fenómeno) y a relativamente baja altura. El objeto no tenía forma normal visto desde abajo, eran apenas unas siete luces verdes fluo alternando de lugar locamente dentro de un triángulo.
Aún hoy siento lo mismo de aquel momento: “eso” se estaba burlando de mi incapacidad de asirlo racionalmente. Para decirlo en dialecto rioplatense, “eso” era demasiado canchero para ser extraterrestre, era algo demasiado humano expresando soberbia e impunidad. Busqué personas y apenas estaba a mi lado un perro mutilado de tres patas que miraba con lástima mi confusa actitud. Fue peor un par de noches después, en que veo una nube verdosa desplazándose a alta velocidad. Apenas alcancé a enfocar unos binoculares para ver por algunos segundos que la nube era el resplandor de aquel triangulito lleno de luces verdes fluo que se movían dentro. Esta vez el objeto era muy veloz y estaba pasando a un par de kilómetros de mi ubicación. Eran las noches de Halley, pero nunca encontré más testigos.
Fue el final de mi ilusión ET, me convencí que si esos eran los ovnis, eran muy terrenales en su actitud, y fueron mis años oscuros en la ovnilogía, porque mientras estaba de moda el contactismo, yo pertenecía ya a la conspiranoia, a medio camino entre creyente y escéptico, pero acercándome a personajes que clandestinamente sostenían que los ET eran malvados y aliados de potencias hegemónicas. En plena época de paz y amor con los hermanos del cosmos, prefería escuchar planes de invasión de bases híbridas subterráneas por parte de un grupo de temerarios, que pasarían por dementes si no fuera porque uno a uno fueron desapareciendo, literalmente, de esta tierra.
Intraterrestres En fin, que muy privadamente seguía la Hipótesis Intra Terrestre, la conspiración para hibridizar la Humanidad y a veces me acercaba a algún grupo de contactistas a ver si había novedad sobre la parte subterránea que me interesaba. En Buenos Aires, charlando amistosamente en uno de estos grupos, cuento mi experiencia original y me dicen, muy naturalmente, que era Pan. Que aquel diablo, luego extraterrestre, era en realidad un elemental, más precisamente el gran dios Pan. No discutí, conocía del tema y me pareció adecuada la explicación, en la zona del encuentro se asentaba una especie de orden esotérica que buscaba lo mismo que yo: el acceso al mundo subterráneo donde para mí habitaban los navegantes de los ovnis.
Cuando llegó el momento de emigrar, sabiendo que solo podía partir con un pequeño volumen de pertenencias para ya no regresar, decidí hacer una expedición a aquel lugar. Fotografié la zona y percibí el poder de “algo”. Tuve algunas desventuras tratando de conseguir información y me sentí muy cerca de las vivencias de los enajenados del PROIN. No solo la naturaleza me impidió llegar a ciertos lugares, sino que al final de la jornada encontré, ya en el pueblo cercano, alguna persona… me atrevería a decir poco humana. Esa persona me provocó un estado de confusión tan grande que como entre sueños me decía que el individuo que había visto hacía tantos años era solo el loco del pueblo, un extravagante que salía a caminar durante días y recorría kilómetros sin sentido aparente. Apenas pude preguntar, con la mandíbula como anestesiada, el nombre de aquel personaje pero no alcanzo a recordar el apelativo exacto. Como pude, me arrastré lejos del influjo de aquella persona y pude recuperar mis sentidos. Al contrario del missing time, en pocos minutos me pareció que eran horas y horas de sonambulismo producidos por una persona que se me apareció a la entrada del pueblo y manipuló mi voluntad de alguna manera.
Las fotos al menos estaban a salvo y la última aventura fue en Jujuy, donde encontré al que tal vez era el último integrante del Proyecto Intrusos, hicimos algunos kilómetros juntos y nos detuvimos unas horas en Humahuaca. Me invitó a Uyuni, le dije que debía vender unas artesanías porque no tenía para el pasaje, así que convinimos en vernos en La Quiaca y se fue en un bus, muy apurado. Partí horas después y le perdí el rastro; me fui a Potosí. Jamás pude tener noticias de esta persona, a la que busqué durante años.
Base subterránea
El Proyecto Intrusos, PROIN, quería invadir por la fuerza una de las entradas a una base subterránea, decían que estaban custodiadas por intraterrestres y humanos y hablaban de una conspiración para alterar el mapa genético. Supongo que hablaban conmigo porque los escuchaba, pero decían que yo había llegado a conocer de donde venían estos “intrusos” a los que ellos querían detener. Bueno, sabían más que yo entonces.
Pasó una década de viajes y abandono de la ufología, hasta que hubo que regresar al sur. Durante esos años errantes, se fue perdiendo el material que guardaba, muchas fotos, libros de edición limitada y manuscritos fueron quedando en el camino y un inmenso archivo ovnilógico se perdió en la guarda donde había quedado.
Sin esa documentación, que era original, antigua y demostrativa, será difícil explicar algunas de las cuestiones que se plantearán en este sitio. Pero se hará el intento.
Personalmente he perdido demasiadas cosas, y a una edad en que ya no son viables aventuras como las de antaño, tal vez haya llegado el tiempo de rescatar del olvido algún conocimiento útil para que otros sigan aquel camino que no sé si podré ver donde concluye.